La cantante de ópera Teresa Berganza falleció ayer a los 89 años en Madrid. La mezzosoprano, nacida en Madrid en 1933, estuvo asociada a personajes de ópera de Rossini, Mozart y Bizet. Tras debutar en 1957 en el Festival Aix-en-Provence, Berganza subió a los escenarios de La Scala de Milán, la Ópera de Viena, el Convent Garden de Londres y el Metropolitan de Nueva York. En 1991 fue reconocida con el Premio Príncipe de Asturias de las Artes, en 2008 se retiró de los escenarios y en 2018 recibió en Londres el Premio Internacional de la Ópera. Fue la primera mujer que ingresó en la Academia de Bellas Artes de San Fernando. Antes de dedicarse al canto, estudio piano, órgano y violonchelo en el conservatorio de Madrid. Tras finalizar sus estudios fue reconocida con el premio Lucrecia Arana en 1954. Después de actuar por primera vez en público en 1955 en el Ateneo de Madrid, su interpretación de Dorabella en «Cosi fan tutte» en el Festival de Aix-en-Provence dos años después supuso su gran debut tras el que fue bautizada como «la mezzosoprano del siglo». Debutó junto a Maria Carllas con «Medea» en 1958 en Dallas (Estados Unidos), y cantó con Alfredo Kraus «El barbero de Sevilla», tras lo que interpretó «Las bodas de Fígaro» en el Metropolitan y la Scala, y en 1968 debutó en el Colón de Buenos Aires. En una entrevista dijo: «He sido de las que entró en la Scala sin acostarse con el director, que no me gustaba entonces.
Él si quería, pero yo no». Y sobre Callas dijo que «era la más grande. Yo creo que en mí, lo que vio, es que no era mala. Me quiso tanto… Me llevaba a todas las fiestas y me sentaba en sus rodillas. Me adoptó». Tras 14 años de ausencia reapareció en 1989 en el Teatro de La Zarzuela de Madrid. En 1992 actuó en la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de Barcelona y en la Exposición Universal de Sevilla. Desde finales de los años 90 Berganza, quien también ha actuado junto con su hija, la soprano Cecilia Lavilla, comenzó a dedicar más tiempo a la docencia musical. El Teatro Real dijo hoy de ella: «La belleza de la voz, la musicalidad, la autenticidad, la vitalidad, la alegría, la generosidad, la cultura, la gracia, la picardía, el genio y la integridad de Teresa Berganza han trascendido su arte, y la han hecho única e inolvidable». El director artístico del Teatro Real, Joan Matabosch, destacó su «increíble naturalidad de su canto, sin artificios y sin trampas, un canto que daba siempre la máxima sensación de simplicidad, sin exhibicionismo, de extrema musicalidad y concentrado en la expresividad de los personajes». A «Carmen», añadió, le dio «un carácter humano y profundo, pero sin exageraciones, marcando un antes y un después en la manera de interpretarlo».
Para el director musical del Liceu de Barcelona, Josep Pons, Berganza fue una «de las grandes artistas del período dorado de las voces españolas», junto con Victoria de los Ángeles y Montserrat Caballé. El Instituto nacional de las artes escénicas y de la música (INAEM) destacó de ella que «levantó al público en los escenarios más importantes del mundo interpretando a Mozart, Rossini o Bizet, sin olvidar nunca la música española».
Por deseo de la artista no habrá velatorio ni entierro público. «Quiero irme sin hacer ruido… No quiero anuncios públicos, ni velatorios, ni nada. Vine al mundo y no se enteró nadie, así que deseo lo mismo cuando me vaya», dejó dicho. (ANSA).













